Mártires de Granollers (España) Archivos Desclaficados
Informe nº: 12
Nombre del archivo: Mártires de Granollers (España)
Lugar: Granollerrs (Catalunya), España.
Fecha: 1936
Cargos: Secuestro. Tortura. Apremios ilegítimos. Homicidios. Crímenes de lesa humanidad.
Situación actual: El 11 de marzo del año 2001, el papa Juan Pablo II beatificó a 233 mártires de la persecución religiosa en España (1936-39), y estableció que su fiesta se celebre el 22 de septiembre. Son el Beato José Aparicio y 232 compañeros. Entre ellos hay 49 miembros de la Familia Franciscana: 4 Franciscanos (Bto. Pascual Fortuño y Comps.); 6 Conventuales (Bto. Alfonso López y Comps.); 12 Capuchinos y 5 Clarisas-Capuchinas (Bto. Aurelio de Vinalesa y Comps.); 19 Terciarios Capuchinos y 3 Terciarias Capuchinas (Bto. Vicente Cabanes y Comps.); además, están los Terciarios, miembros de la Orden Franciscana Seglar, laicos o sacerdotes seculares. En este informe prestamos particular atención a los Conventuales (O.F.M.Conv.)
Antecedentes
Estos son los seis franciscanos conventuales a los que dedicamos este espacio:
Alfonso López López, que encabeza el grupo, era sacerdote. Nació en Secorún (Huesca) en 1878 y fue fusilado, junto con el Beato Miguel, en Samalús (Barcelona) el 3 de agosto de 1936. Hizo los estudios eclesiásticos en Italia y, tras su ordenación sacerdotal, estuvo tres años de confesor en el Santuario de Loreto (1912-1915). Pasó el resto de su vida en Granollers (Barcelona) como docente y director espiritual.
Miguel Remón Salvador, hermano profeso, nació en Caudé (Teruel) en 1907 y fue fusilado, junto con el Beato Alfonso, en Samalús (Barcelona) el 3 de agosto de 1936. Ingresó en la Orden en Granollers, pero luego marchó a Italia e hizo la profesión solemne en Loreto donde permaneció un par de años prestando diversos servicios en la Basílica. Regresó a Granollers en 1935 para ejercer los oficios que se le confiaron, en los que siempre se mostró laborioso, afable y pacífico.
Modesto Vegas Vegas, sacerdote, nació en La Serna (Palencia) en 1912 y fue fusilado en Lliçà d'Amunt (Barcelona) el 27 de julio de 1936. Ingresó en Granollers muy joven e hizo los estudios eclesiásticos en Italia, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1934. Su breve actividad apostólica se desarroló en Granollers sobre todo en el ejercicio del ministerio de la predicación y del confesonario.
Dionisio Vicente Ramos, sacerdote, nació en Caudé (Teruel) en 1871 y fue fusilado en Granollers el 31 de julio de 1936 junto con Beato Francisco. Ingresó en la Orden en Italia y allí realizó los estudios eclesiásticos. Ejerció diferentes ministerios tales como penitenciario en la basílica de Loreto, profesor en seminarios diocesanos y de la Orden, formador de los candidatos a la Orden, tanto en Italia como en España. Una enfermedad de los ojos limitó en la ancianidad sus actividades.
Francisco Remón Játiva, hermano profeso, nació en Caudé (Teruel) en 1890 y fue fusilado en Granollers el 31 de julio de 1936 junto con el Beato Dionisio. Pasó la mayor parte de su vida religiosa en Asís, ejerciendo el oficio de sacristán de la Basílica de San Francisco; era un reconocido belenista. En 1935 fue destinado al convento de Granollers donde se encargó de la sacristía y la portería.
Pedro Rivera Rivera, sacerdote, nació en Villacreces (Valladolid) en 1912 y fue martirizado en Barcelona a finales de agosto o principios de septiembre de 1936. Ingresó en Granollers el año 1912 y terminó la carrera en Roma. Fue ordenado sacerdote en 1935. Regresó a España como superior del convento de Granollers. Destacó por su inteligencia y buen hacer en plena juventud.
* * *
La II República española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley. Los daños fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni moralmente, por lo que fue acusado de connivencia. La Iglesia había acatado a la República no sólo con respeto, sino también con espíritu de colaboración por el bien de España. Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día a día. En este contexto fue suprimida la Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas.
Durante la revolución comunista de Asturias (octubre de 1934), derramaron su sangre muchos sacerdotes y religiosos, entre ellos los diez Mártires de Turón, 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de 1999.
Durante el primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias.
Éstas se desataron, con verdadero furor, después del 18 de julio de 1936. España volvió a ser tierra de mártires desde esa fecha hasta el 1 de abril de 1939, pues en la zona republicana se desencadenó la mayor persecución religiosa conocida en la historia desde los tiempos del Imperio Romano, superior incluso a la de la Revolución Francesa.
Fue un trienio trágico y glorioso a la vez, el de 1936 a 1939, que se debe recordar fielmente para que no se pierda la memoria histórica.
Al finalizar la persecución, el número de mártires ascendía a casi diez mil: 13 obispos; 4.184 sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2.365 religiosos, 283 religiosas y varios miles de seglares, de uno y otro sexo, militantes de Acción Católica y de otras asociaciones apostólicas, cuyo número definitivo todavía no es posible precisar.
El testimonio más elocuente de esta persecución lo dio Manuel de Irujo, ministro del Gobierno republicano, que en una reunión del mismo celebrada en Valencia -entonces capital de la República-, a principios de 1937, presentó el siguiente Memorándum:
«La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aún han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde».
A los sacerdotes, religiosos y seglares que entregaron su vida por Dios el pueblo comenzó a llamarles mártires porque no tuvieron ninguna implicación política ni hicieron la guerra contra nadie. Por ello, no se les puede considerar caídos en acciones bélicas, ni víctimas de la represión ideológica, que se dio en las dos zonas, sino mártires de la fe. Sí, hoy los veneramos en los altares como mártires de la fe cristiana, porque la Iglesia ha reconocido oficialmente que entregaron sus vidas por Dios durante la persecución religiosa de 1936.
* * *
El papa Juan Pablo II decía en la homilía de la misa de beatificación el 11 de marzo del 2001:
«Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres "transfigurados"? La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.
»Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos. (...)
»¡Cuántos ejemplos de serenidad y esperanza cristiana! Todos estos nuevos Beatos y muchos otros mártires anónimos pagaron con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado con la persecución religiosa y el estallido de la guerra civil, esa gran tragedia vivida en España durante el siglo XX. En aquellos años terribles muchos sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados sencillamente por ser miembros activos de la Iglesia. Los nuevos beatos que hoy suben a los altares no estuvieron implicados en luchas políticas o ideológicas, ni quisieron entrar en ellas. Bien lo sabéis muchos de vosotros que sois familiares suyos y hoy participáis con gran alegría en esta beatificación. Ellos murieron únicamente por motivos religiosos. Ahora, con esta solemne proclamación de martirio, la Iglesia quiere reconocer en aquellos hombres y mujeres un ejemplo de valentía y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia. (...)
»¡Que su recuerdo bendito aleje para siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y resentimiento! Que todos, y especialmente los jóvenes, puedan experimentar la bendición de la paz en libertad: ¡Paz siempre, paz con todos y para todos!
»Queridos hermanos, en diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio».
En su meditación mariana de la hora del Ángeles, al final de la misa de beatificación el 11 de marzo del 2001, Juan Pablo II decía entre otras cosas:
«Estos nuevos beatos confiaron en ella, la Virgen fiel, en los momentos dramáticos de la persecución. Cuando se les impidió profesar libremente la fe o, después, durante su permanencia en la cárcel, para afrontar el momento supremo, encontraron un apoyo constante en el santo rosario, rezado a solas o en pequeños grupos. ¡Cuán eficaz resulta esta tradicional oración mariana en su sencillez y profundidad! El rosario constituye en todas las épocas una valiosa ayuda para innumerables creyentes».
* * *
Los seis mártires a los que dedicamos esta página eran miembros de la comunidad religiosa de Granollers (Barcelona), la única que la Orden de Hermanos Menores Conventuales había erigido en España, a principios del siglo XX, después de la supresión llevada a cabo por el rey Felipe II en 1567. En esa comunidad se inició, en 1906, el Seminario de la futura Provincia de España, y en ella se encontraban el postulantado y el noviciado. A partir de 1931 no se pudo acoger a nuevos jóvenes, pero en 1935 de nuevo se promovió la animación vocacional llegando a tener, durante el curso 1935-36, un grupo de diecisiete jóvenes. Acabado el curso escolar, las cosas se fueron deteriorando. La violenta persecución que se levantó en el verano de 1936 sorprendió a los religiosos en sus puestos de trabajo, dispuestos a confesar su fidelidad a Cristo.
El domingo 19 de julio de 1936 aún se celebran las misas según el horario habitual, pero a lo largo del día va creciendo el clima revolucionario. La comunidad religiosa cena hacia las ocho de la tarde, aunque con el desasosiego natural que nace de las noticias que llegan del ámbito nacional y las que diversas personas les comunican sobre la preocupante situación que se ha creado en Granollers. Terminada la cena, los postulantes son distribuidos entre las familias con las que se había conectado precedentemente, y el resto de la fraternidad se dispersa para pasar la noche fuera del convento; sólo se queda en él Fr. Buenaventura Remón. En la tarde del 20 de julio, los milicianos de la FAI quemaron la iglesia y el convento, mientras que los religiosos se dispersaron y buscaron refugio junto a amigos y bienhechores. Sin embargo, muy pronto fueron descubiertos y, en fechas distintas, del 27 de julio a los primeros días de septiembre, fueron arrestados, encarcelados, juzgados sumariamente, cuando lo fueron, y, en fin, asesinados por el simple hecho de ser religiosos y sacerdotes franciscanos.
A continuación ofrecemos una reseña biográfica de los Beatos basada principalmente en las actas del Proceso de beatificación según refiere el P. Valentín Redondo en Vida Nueva n. 2294 (13-I-2001).
Finaliza mañana
Fuente: Directorio Franciscano
martes, 24 de abril de 2012
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