viernes, 11 de mayo de 2012
VI DOMINGO DE PASCUA
VI Domingo de Pascua
13 de mayo de 2012
PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 10, 25-26,34-35,44-48
Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio salió a su encuentro y se echó a sus pies a modo de homenaje, pero Pedro lo levantó diciendo:
-- Levántate, que soy un hombre como tú
Pedro tomó la palabra y dijo:
-- Está claro que Dios no hace distinciones: acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.
Todavía estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban sus palabras. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes circuncisos, que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles. Pedro añadió:
-- ¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?
Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Le rogaron que se quedara unos días con ellos.
Palabra de Dios
SALMO RESPONSORIAL
SALMO 97
R.- EL SEÑOR REVELA A LAS NACIONES SU JUSTICIA
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas,
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.-
El señor de a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.-
Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclamad al Señor, tierra entera,
gritad, vitoread, tocad. R.-
SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN JUAN 4,7-10
Queridos hermanos:
Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que me ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene en que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Palabra de Dios
EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 15, 9- 17
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
-- Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.
Palabra del Señor
“AMAOS COMO YO”
Por José María Maruri S.J.
1.- No sabemos como será su justicia, ni su misericordia, lo que sí sabemos es que nuestro Padre Dios cuando se trata de amar no es prudente, no es sensato, como nosotros sus hijos lo somos.
Nuestro Padre Dios tenía una viña y unos viñadores a los que realmente quería. Llegó la hora de cobrar el alquiler y envió unos criados a cobrar lo estipulado y los viñadores los mataron. Nuestro Padre Dios volvió a enviar otros, y los mataron. Y entonces envió a su Hijo y también lo mataron. Todo porque nuestro Padre Dios amaba a su viña y a los viñadores. Eso no es prudencia, ni sensatez. Eso raya en la locura. Nosotros, a la primera hubiéramos enviado a la Policía Nacional.
2.- ¿Y el Primogénito de nuestro Padre Dios? Pues como dice el dicho castellano “de tal palo tal astilla”, amó tanto a los hombres que se hace hombre y por enseñarles la verdad tal cual es, acaba dando su vida por nosotros. Cuánto mas fácil hubiera sido borrarnos del mapa para siempre.
3.- Este amor imprudente, alocado, de Dios Padre y de Dios Hijo nos debe intranquilizar a nosotros. Porque Jesús, en el Evangelio de hoy, nos resume todo lo que nos ha venido a enseñar. Nos dice con toda tranquilidad y sin inmutarse, como la cosa más natural del mundo: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, COMO YO OS HE AMADO.
Si queréis lo tomáis y si no lo dejáis. Pero si queréis ser mis discípulos yo exijo que OS AMÉIS UNOS A OTROS COMO YO OS HE AMADO. Si no es va, dejadlo para otros, no seréis mis discípulos.
Y este –con mayúsculas—COMO YO OS HE AMADO viene del padre: “como el Padre os ha amado yo os he amado. Y como puede verse, lo alocado de su amor le viene de la herencia de su Padre.
4.- Hermanos, este modo de amar no va con nosotros: amar hasta hacer el tonto. Amar hasta que abusen de nosotros. Amar hasta que nos engañen repetidas veces.
Ante eso, nosotros diremos aquello de: “¡A mí me la pegan una vez, pero dos, no! Nos gusta tener el derecho a elegir a quien tengo que amar, quien tiene derecho a mi amistad y quien no. Nos reservamos el derecho de decretar quien es mi prójimo y un prójimo a quien no nos cueste amar, limpio, educado, agradecido, que me cueste poco o nada.
En el “amaos como yo” el prójimo se presenta cuando quiere, en el momento más inoportuno, en la situación más indiscreta, con el talante más exigente.
5.- El Hijo de Dios, que está al corriente de todos los secretos del Padre, nos dice hoy “os llamo amigos, confidentes, porque todo lo que he oído al Padre al Padre os lo he dado a conocer”.
Este papel de confidente del Hijo de Dios si nos gusta. Esto si que nos gusta porque es sentirnos amigos de Dios, pertenecer a la élite de los que conocen los misterios recónditos de Dios. Eso si nos fascina. Dinos, Señor ese “todo” que tu Padre te ha confiado y que Tú confías a nosotros, tus “confidentes más íntimos. Te escuchamos con ansía. Dinos ese TODO que has captado del Padre.
Y Jesús vuelve a repetir: “Esto os mando: que os améis unos a otros”.
El más recóndito secreto de Dios esta ahí. Todo lo de Dios queda ahí, como era natural, porque Dios es amor.
Jesús no ha oído de su Padre Dios más que esto. Jesús ya no tiene más que decirnos. Una única cosa:
La única cosa que no sé.
La única cosa que no hago.
La única cosa que descubre que soy un analfabeto en
amor.
La única cosa por la que merece la pena
vivir:
“Amaos unos a otros como yo os he amado”
REFLEXIÓN
San Juan Apóstol y Evangelista centra su Evangelio y sus cartas en el tema del Amor. Y termina convenciéndonos de que el Amor de Dios y el amor a Dios son la misma cosa. En efecto, en la narración que nos brinda San Juan del discurso que Jesús hace a sus Apóstoles durante la Ultima Cena, la noche anterior a su muerte, el Evangelista hace un maravilloso recuento de este tema tan importante. El Evangelio de hoy nos trae parte de ese discurso tan profundo y significativo (Jn 15, 9-17).
Las palabras de Jesús en ese conmovedor momento hay que revisarlas línea a línea. Parece como si constantemente estuviera repitiendo lo mismo, pero cada línea tiene su matiz y su significado especial.
“Permanezcan en mi Amor. Si cumplen mis mandamientos permanecen en mi Amor, lo mismo que Yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su Amor” (Jn. 15, 9-10). Amar a Dios y permanecer en su Amor es hacer lo que El nos pide. La palabra “mandamientos” no se refiere sólo a los que conocemos como los 10 Mandamientos, sino a “todo” lo que Dios desea de nosotros. Es el caso entre Dios Padre y Dios Hijo: éste hace lo que el Padre quiere y es así como permanece amando al Padre.
Quiere decir que nosotros permanecemos amando a Dios si actuamos de la misma manera: haciendo lo que Dios desea de nosotros. Si nos fijamos bien, los amores humanos funcionan de la misma manera: el enamorado hace lo que la enamorada desea y viceversa; uno busca complacer al otro. Amar a Dios es, entonces, también complacer a Dios ... en todo.
“Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena” (Jn. 15, 11). La verdadera felicidad está en permanecer amando a Dios, cumpliendo los deseos de Dios y no los propios deseos. Así nuestro gozo será “pleno”. Las alegrías humanas son pasajeras, efímeras, incompletas, insuficientes. Pero ... ¡nos aferramos tanto a ellas! Si nos convenciéramos realmente de estas palabras del Señor sobre la verdadera alegría, nuestra felicidad comenzaría aquí en la tierra y, además, continuaría para siempre en la eternidad.
También toca San Juan el tema del amor en sus cartas. En el Segunda Lectura de hoy (1 Jn. 4, 7-10) tenemos un trozo de su Primera Carta. Y es alentador y agradable ver en ella planteamientos similares a los que nos da en el Evangelio.
“Este en mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12). “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios. Todo el que ama conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor ... El Amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10).
El Amor viene de Dios. Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar. Es más: es Dios Quien ama a través de nosotros. El que ama -el que ama de verdad- no con un amor egoísta, sino con un amor generoso y oblativo por el que se busca el bienestar del ser amado y no el propio, ése que ama así, ama así porque conoce a Dios. El que ama egoístamente, pensando en sí mismo, en realidad no ama; y no ama porque no conoce a Dios, porque no ama a Dios, porque no complace a Dios, sino que se complace a sí mismo.
Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos” (Jn. 15, 13). El verdadero amor, ese Amor que viene de Dios, con el que podemos amar nosotros, amando como Dios quiere que amemos, puede llegar a la oblación total, a la entrega total de la vida por el ser amado. Y no se trata solamente, ni principalmente, de llegar a la muerte física por el otro, como hizo Jesús por nosotros y como hizo, por ejemplo, un San Maximiliano Kolbe.
Se trata de la oblación de todo lo que consideramos como propio, como nuestros deseos, como nuestras inclinaciones, etc., para optar por los deseos del ser amado. En este caso, para seguir el orden que nos propone San Juan: dejar todos lo deseos nuestros por los deseos de Dios.
Esa oblación es un constante morir a nosotros mismos, al ir dejando lo que consideramos nuestro, para irnos entregando a Dios y a sus deseos y designios. Esa oblación es dar la vida por Dios. Así, si fuera necesario y nos llegara el momento, estamos ya preparados para ofrecer aún nuestra vida física, como lo hizo Cristo y como lo han hecho los santos mártires.
“El Padre les concederá todo lo que le pidan en mi nombre” (Jn. 15, 16). Queda claro que Cristo es nuestro mediador ante el Padre. Pero ... ¿concede el Padre “todo” lo que le pedimos? Para comprender bien esta promesa debemos revisar las lecturas del domingo pasado.
“Si permanecen en Mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá” (Jn. 15, 7). “Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de El todo lo que le pidamos”. (1 Jn. 3, 22-23).
Notemos aquí lo que parecen ser condiciones para que Dios nuestro Padre nos complazca en lo que le pidamos: cumplir sus mandamientos, permanecer unidos a El, vivir su Palabra, etc.
Realmente, aunque así lo parezca, no es que Dios nos ponga condiciones, sino sucede que, al estar unidos a Dios, a su Voluntad, a su Palabra, sabremos entonces qué pedirle, pues al estar unidos a El, sabremos pedirle precisamente lo que El desea darnos: aquello que nos conviene para nuestra salvación.
Esto es importante, pues mucho se abusa de una palabra del Señor relacionada con las peticiones en la oración: “Pidan y se les dará”. Y en esto se apoyan muchos para pedir y pedir, y luego tal vez terminar frustrados, pues Dios no responde a los pedidos, de la manera que se desean sean respondidos. ¿Por qué sucede esto?
Porque casi siempre se corta esta frase y se deja fuera el complemento final: “Vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt. 7, 7-11). Sucede que quien está en unión con Dios sabe pedir esas “cosas buenas” de que nos habla el Señor y no aquellas cosas que simplemente se nos antojan como necesarias y buenas, sin que realmente lo sean.
A la luz de todas estas enseñanzas de San Juan cabe preguntarse: ¿es lo mismo Amor de Dios que amor a Dios? Según San Juan son la misma cosa, pero el primero es el origen y el segundo es la consecuencia. No hay amor a Dios, si primero no hay Amor de Dios.
El Amor consiste en que es Dios Quien ama. El amor a Dios por nuestra cuenta y esfuerzo es sencillamente imposible. También es imposible el amor verdadero para con los demás, si no es Dios Quien ama en nosotros.
La Primera Lectura (Hech. 10, 25-26; 34-35; 44-48) nos trae un trozo importante de los sucesos al comienzo de la Iglesia: para sorpresa de los seguidores de Cristo, Dios Espíritu Santo comienza a derramarse también entre los gentiles, es decir, entre los que no eran judíos.
Para comprender mejor este pasaje que nos trae la Liturgia de hoy, vale la pena leer el texto completo, es decir todo el Capítulo 10 del Libro de los Hechos de los Apóstoles.
Hay que ubicarse en la situación de los primeros cristianos: ellos creían que Cristo, judío de raza, había venido para ellos, que efectivamente eran el Pueblo escogido de Dios.
Pero, como Dios es impredecible, les da esta sorpresa: los no judíos comienzan a recibir el Espíritu Santo de la misma manera y con las mismas manifestaciones que se daban entre los judíos.
Dios borra toda raza, creencia, nacionalidad, y se revela –como ha seguido haciéndolo- a quien quiere, como quiere y cuando quiere.
A San Pablo lo sorprendió cuando lo tumbó y lo dejó ciego mientras se dirigía a Damasco a perseguir y asesinar cristianos, pues se oponían a las tradiciones judías que él guardaba con celo.
Con Cornelio fue diferente. Nos dice el texto sagrado que este militar “era de los que temen a Dios, daba muchas limosnas al pueblo y oraba constantemente”. Sugiere la descripción que se nos da de este buen hombre que Cornelio, a pesar de no ser judío creía en el Dios Único de los judíos.
Pero no tan sólo creía, sino que oraba constantemente. En efecto, en la revelación que Dios le hace a Cornelio por medio de una visión angélica, le reconoce que sus oraciones y sus limosnas “han llegado a la presencia de Dios”.
No es demasiado frecuente el que Dios haga lo de San Pablo. Sin embargo se siguen dando casos de esas gracias imprevistas, fuertes, espectaculares, como la que experimentó Saulo camino a Damasco.
Ahora bien, lo que sí es harto frecuente es que a los que temen a Dios y oran, Dios se les revele y los llene del Espíritu Santo, llevándolos a la Verdad plena, enrumbándolos en el Camino y comunicándoles la Vida que es Cristo, “Camino, Verdad y Vida”.
Por todas estas maravillas que Dios hizo al antiguo Pueblo de Israel, las que hizo a judíos y no-judíos al comienzo de la Iglesia y por las que sigue haciendo en medio de nosotros, el Salmo 97 canta al amor y lealtad de Dios, amor y lealtad que siempre han estado presentes, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, como en nuestros días.
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